Matter is What Matters

(o lo material es lo que importa, para aquellos sin gusto por los juegos de palabra).

Aparentemente hasta mi odio por todos ustedes, desgraciados seres humanos, con la habilidad de concebir la deidad y el descaro de negársela a sí mismos venerando la estupidez y defendiendo con desesperación el derecho a no pensar, tiene un límite. Quizá porque siento que últimamente me he quejado lo suficiente, quizá porque ésta semana de hecho me odio a mí mismo más de lo que odio a la gente que tengo que ver día a día… no se cual es la razón, pero hoy, en lugar de quejarme incesantemente de lo podrido que está éste mundo y la gente que lo habita, voy a hablar de lo que de verdad vale la pena en la vida: cosas.

En mi corta experiencia de vida puedo decir, con la seguridad de cualquier persona que ha vivido tan poco, que las cosas son lo más importante que conseguirás. Lo digo en serio. Las cosas son una constante en la vida. Las cosas jamás te darán la espalda por no ser lo que ellos esperan de ti. Padres, hermanos, todos lo hacen. Kafka lo ilustró mejor que yo. En cambio, las cosas te aceptan tal y como eres. Los humanos solo aceptan tus defectos si tienes una excusa oficial para ellos. Si un médico, sociólogo, sicólogo o alguien con alguna titulación rimbombante explica tus defectos con términos claros, los demás son los inhumanos por no darte una oportunidad. Pero si aquello que te aqueja no tiene una excusa, es una carta blanca para el desprecio.

Los humanos olvidan. Olvidan los momentos agradables y se centran en los dolorosos. Todos lo hacemos, es nuestra naturaleza. Pero más allá de eso, los humanos olvidan sus propias promesas, su palabra. Las promesas de amor y amistad son olvidadas, son siempre vacías porque nadie las recuerda el suficiente tiempo para cumplirlas. Y si se mantienen usualmente es más por miedo de enfrentar la alternativa que por verdadera dedicación. Las cosas no hacen eso.

Los humanos son capaces de despreciar un día todo lo que son y dar la espalda a sus valores y palabras, dejando por el camino a todos aquellos quienes estuvieron a su lado y que ahora no comparten su visión del mundo. Peor aún, los humanos esconden esto tras la máscara de la “madurez”, para justificar éstos cambios y para asegurarse a sí mismos que tras ellos son mejores y que todo lo que dejan atrás lo hacen por una buena razón. Las cosas son incólumes, mantienen sus formas, sus ideas, sus valores, siempre constantes. Un libro no traiciona sus ideas para irse por el camino fácil. En ese sentido, las cosas son mejores que sus creadores, ya que mantienen una entereza (al menos relativa) que los humanos no somos capaces de mantener.

Las cosas son de tu elección. Todo lo que verdaderamente elijas poseer en ésta vida será tuyo porque tú decidiste que sería así. La gente en cambio, viene con la vida. Tú nunca elegirás en la familia que naces, ni quien te rodea. Ni siquiera tienes control de cómo eres y otros te ven, así que incluso la gente que tú puedas a cierto nivel “elegir” que quieres tener en tu vida, puede que no piensen que valgas la pena.

Sin embargo, no deben malinterpretar mis palabras. No creo que sea mejor tener cosas que personas en tu vida. No creo que uno no deba intentar cada día ser mejor persona (al menos mejor bajo tus propios términos) de lo que eras antes. Sin embargo, ninguno de estos esfuerzos es jamás una garantía de que podrás conseguir personas que valgan la pena. En parte soy un hipócrita, porque yo si creo haber conocido de éstas personas. Pero me desvío. El punto de toda ésta diarrea verbal no es que las cosas son mejores que las personas. Mi punto es que todos, a menos que exista mucha suerte, en algún punto de la vida tendremos que acostumbrarnos a estar más rodeados de cosas que de gente. Así que les recomiendo que aprendan a apreciar sus cosas. A tener aquellas que los identifiquen, que los hagan felices. Que puedan ver por largas horas sin molestarse, que usen constantemente, que puedan aprender de ellas. Porque las van a necesitar.

Así que me despido, por otra semana. Espero que mi odio se haya recargado para ese entonces. Pero no puedo cerrar ésta entrada sin recordarles que, aunque ésta semana no hayan sido el centro de mis ideas, no por ello he dejado de odiarlos a todos.

John F.

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